domingo, 19 de septiembre de 2010

Ultimo martes de agosto por la noche...

hace frío y se siente la humedad casi al 100%, unque han habido fríos peores estos días.

Conversación por chat (5:00 pm aproximadamente)

Estoy aburrida, pasando el tiempo buscando cosas en Internet, fisgoneando en el Facebook, revisando viejos archivos a ver que tengo en mi máquina, haciendo tiempo hasta que esta semana se pase y emprenda el siguiente viaje.

- ¿Vamos al cine, a ver inception otra vez?

- ya vao…

Genial, algo que esperar que no tomará ni siquiera un día. Mientras tanto le sigo dando a la procrastinación (me encanta esa palabra) digo yo, productiva, jajajaja…

El tiempo pasa, llega la hora de ir al cine, nos preparamos para el paseo. El evento planeado no siempre resulta lo más interesante del paseo sino el paseo en sí y este es un buen ejemplo, porque nunca entramos al cine, en vez de eso fuimos testigos de uno de esos eventos que hacen de esta ciudad la que amamos y odiamos, eso que nos saca de cuadro, que no podemos comprender, de lo que solo nos queda reírnos y contarlo a cuanto amigo nos crucemos por el resto de nuestras vidas.

Nos detuvimos a comprar una porción de anticuchos con su choncholí a pocos metros de la esquina de la avenida Universitaria con la prolongación Ayacucho, el puesto de la casera estaba abarrotado de gente que disfrutaba de su cena, algunos carros eran atendidos por el yerno de la señora, todos apurados para atender a tiempo a los clientes que no dejaban de llegar.

Cuando íbamos camino al puesto de anticuchos nos encontramos con los restos de un choque justo en la esquina y el cartel que señalaba el nombre de las calles tumbado en medio de un montón de partecitas de carro, hicimos unos cuantos comentarios sobre el hecho y seguimos adelante concentrados en los anticuchos y unas intensas ganas de orinar.

- me picho, hay que comprar para llevar nomás,

o voy al chifa

- pregunta, fácil te prestan…

Nos quedamos parados frente a las brasas donde se cocinaba nuestra cena, disfrutando del calorcito, cuando escuchamos a alguien vociferar en la esquina del chifa. El señor le gritaba algo a alguien adentro del chifa, no pudimos entender que era lo que decía, pero parecía estar un poco mareadito, eso fue lo que pensamos en ese momento.

Nos quedamos mirándolo hasta que lo vimos cruzar la calle hacia el cartel tumbado y comenzar sus intentos por sacarlo, rompiendo lo poco que lo unía todavía a la vereda (propiedad de todos los ciudadanos). El hombre luchaba haciendo palanca para romper las raíces del cartel, de a ratos volvía a la puerta del chifa para gritarle algo a alguien de adentro y regresaba a su labor con el cartel.

Estuvo en ese plan más o menos unos 15 minutos, la gente pasaba por su costado sin disimular su sorpresa ante semejante performance urbana interpretada por este señor. Un total desconocido inspirado por el alcohol, que decidió aprovechar la oportunidad para llevarse un souvenir. Todos pensamos que de seguro lo va a vender y quizá hasta consiga un buen precio y se gastará todo en alcohol, el típico borracho malandrín, etc. etc., pero quien sabe y es un loquito medio artista que colecciona señales de transito y algún día de estos, tan plagados de sorpresas inauditas, nos sorprende con una exposición genial de la escultura urbana más arriesgada de los últimos tiempos.

No puedo negar que fue increíble verlo levantar por fin el poste hasta erguirlo totalmente, la foto fue perfecta, como aquella de los soldados norteamericanos izando su bandera en el campo de batalla. Memorable. El poste se le cayó una o dos veces, o más, pero él volvía a levantarlo mientras una señora, con la osadía que pondría a rabiar de la envidia a cualquier urraco de Magaly, parada en la esquina misma de la acción, a sólo unos pasos de aquel hombre violentando el poste y sin importarle el peligro de que le caiga el poste encima, conversaba por teléfono girando en su propio eje como buscando algo cargando una bolsa grande de mercado.

Parecía como si estuviera buscando una dirección, tal vez la que marcaba el poste, pero ella no podía verlo porque ese señor lo estaba moviendo, dándole vueltas para romper sus raíces, las que conectaban ese poste con todos los ciudadanos, cuando se rompan, ese poste ya no nos pertenecerá, será suyo. Esa será su recompensa.

Hasta que logró sacarlo. En ese lapso ya todos los comensales en el puesto de anticucho estaban atentos a cada movimiento del hombre, comentando el hecho en una mezcla de indignación y burla. El clímax llegó cuando el señor logró sacar el cartel, un silencio solemne invadió la calle en ese momento, todas las miradas apuntaban al señor que cogía su trofeo con las dos manos, jadeando por el esfuerzo. Desde donde estábamos no lo podíamos ver pero estoy segura que tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro.

En un último esfuerzo y tras varios intentos logró llevarse el cartel al hombro, caminando tranquilamente en frente de donde su público lo observaba atónito, perdiéndose por alguna de las callecitas de San Miguel.

Acto seguido la gente comenzó a levantarse, comentando entre ellos, emprendiendo el regreso a casa y a la rutina de cada noche frente al televisor. En el puesto vacío la señora preparaba la última porción, la nuestra, que esperábamos frente al calorcito de la parrilla, escuchando los susurros de la señora que comentaba el evento con su yerno, esperando la última ola de gente de la noche y algo nuevo que amenice la cena.

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