domingo, 19 de septiembre de 2010

AZAREYK

Me encuentro al interior de una quinta, seguramente camuflada tras una pequeña puerta de madera desgastada por el tiempo, el polvo y la humedad, incrustada en una pared salpicada de grietas por donde chorrea polvo de ladrillo, formando surcos color sangre sobre la pintura que aún cubre, descolorida, algunos fragmentos de pared. En una callejuela solitaria y gris, derruida, en algún resquicio de una esperpéntica ciudad, atrapada dentro de una bombilla que parpadea a punto de apagarse.

No sé cómo llegue, ni siquiera haber entrado en la quinta por la puerta casi a punto de desintegrarse, pero aquí estoy, en medio de un solar atestado de cordeles con ropas viejas enredándose entre sí. En todo el contorno, una colmena de casitas hechas de madera, con puertas y paredes de tripley, desde donde seres espectrales nos espían temerosos, entreabriendo puertas y ventanas, exponiendo por hilos finos de luz, sus rostros ennegrecidos.

Llegamos hasta el fondo. Mejor dicho llegué, porque, aunque persiste en mí la certeza de que éramos un grupo, no puedo recordar más que la sensación de su presencia detrás de mí.

Lentamente el solar se sumerge en una quietud espantosa y los tendederos desaparecen, el sonido del tiempo se apaga y su movimiento se detiene unos segundos. El rumor del incógnito grupo se escucha distorsionado y como salido de una dimensión paralela, como si yo permaneciera en espacio liminal mientras me acerco a la casa del final, tal cuál las demás pero, con un magnetismo que me atrae casi sin tocar el piso hacia la entrada. Una puerta abierta de par en par, que deja al descubierto una casi completa oscuridad, magnificada por la luz que ahora inunda el solar.

Llego a ver que del marco de la puerta cuelga una especie de ovillo, de superficie excepcionalmente lisa, sin siquiera tocarlo puedo sentir su suavidad, pende de finos hilos de seda, siento cómo esos hilos intentan atraparme, inclino ligeramente la cabeza hacia un lado de manera que mi oído puede percibir el revoloteo de una miríada de moscas a mi alrededor, todas tornasoladas, brillando al contacto con la luz que revienta sobre sus cuerpos.

La repentina conciencia de su presencia despierta el sonido zumbante de sus alitas agitándose. Los sentidos se distorsionan, el zumbido inunda todo el espacio, vibrando, latiendo, como si me encontrara en el centro mismo del enjambre, como si millones de huevecillos reventaran dentro de mi cerebro, escupiendo pequeñas nuevas larvas de futuras repugnantes moscas. Siento cómo voy perdiendo el equilibrio, dando vueltas en mi propio eje tratando de espantarlas. El zumbido no cesa, permanece sobre mí, rodeándome, porque sale de mí.

Guárdame azareyk, no entran moscas

Guárdame azareyk, no entran moscas…

La voz, que emana como una bruma espesa desde el interior oscuro de la casa, avanza ondulante, acallando el zumbido delirante de las moscas, muchas han caído en la trampa que cuelga del umbral, se retuercen tratando de liberarse, envolviéndose aún más en la maraña viscosa. El ovillo late, lo siento retumbar en el espacio, haciendo que miles de pequeñas arañitas broten del corazón de la trampa, puedo ver cómo incrustan sus filudos colmillos, atravesando el exoesqueleto, disolviendo y absorbiendo la vida de los insectos que quedan quietos, secos en un instante de terror.

Al fin, el zumbido casi ha cesado. Ahora es sólo un rumor jugueteando en mi oído, al que golpeo en mis intentos por espantarlo. Todavía me siento aturdida, intento recuperar la estabilidad de mi cuerpo, cierro fuerte los ojos y dirijo la cabeza hacia la imagen que se dibuja sobre el negro opaco del interior de la casa. Cuando mis ojos pueden abrirse a la imagen borrosa, la puerta se cierra de golpe y todo regresa a su ritmo y frecuencia normales, los cordeles con sus andrajos colgados, mecidos por el viento, el cielo gris opaco, el frío que cala los huesos, el tiempo parece transcurrir normalmente otra vez, recuperando el sonido de su constante rumor.

Rumor que ahora se siente indiferente, a mi alrededor estoy sola. La casa parece abandonada, un enredo de telas de araña cuelga a lo largo del umbral de la puerta, salpicado de diminutos esqueletos de araña. Unas cuantas moscas vuelan solitarias por el solar, se paran sobre alguna de las prendas colgadas, frotan sus patitas peludas y soban sus enormes ojos. Uno se pregunta, de qué lugar de inmundicia vendrán estas moscas, llegan siempre trayendo lo peor entre patas. No dejo de pensar en sus patas, asquerosamente peludas, es como si pudiera verlas en detalle, hasta los resquicios de su exoesqueleto, de los que emana un líquido viscoso, equivalente a nuestro sudor imagino, pero que en el bicho adquiere una hediondez que me hace arrugar la nariz, siento un asco morboso, aspiro una bocanada de aire para sentir la pestilencia más profundamente, con los ojos cerrados. Me pierdo en el laberinto peludo del cuerpo de la mosca, empapada en su sudor viscoso, embriagándome del olor. Luchando en medio de un extraño éxtasis, empujándome a escapar de una pesadilla dentro de otra pesadilla. Lucho, lucho y no logro salir…otra vez los huevecillos reventando en mi cabeza…Azareyk …

Esta vez, la voz rasga la linealidad del momento…es increíblemente áspera, me raspa los tímpanos. Aparece detrás de mí, sentado en una banca a la entrada de una de las casas de madera, me mira desde un único ojo, el otro trasluce como una canica celeste, me veo distorsionadamente reflejada en él. Sonríe con los dos dientes que le quedan, su risa también es áspera. Cuántos años tiene, es hombre o mujer, su único ojo parece haber visto el tiempo infinito pasar en un instante. Con un movimiento rápido y envidiablemente ágil se pone de pie… ¿Qué es lo que estás buscando aquí? Se mueve a mi alrededor, siento como si estuviera oliéndome, como un animal… ¿Quieres lo que hay tras esa puerta? Justo la pregunta que necesito… ¿Qué es lo que hay detrás de esta puerta? Me siento realmente orgullosa de mi respuesta, estoy segura que logré un efecto en él…jajajajajaja…exterminio, eso hay tras esa puerta, tú necesitas un exterminador, ¿verdad?...de qué está hablando, yo no necesito un exterminador, sólo salir de aquí, despertarme o lo que sea. Me sigue mirando, espera una respuesta. Odio ese tipo de sonrisa, se ve tan satisfecho, definitivamente se está burlando de mí, debo pensar en algo, ¿ingenioso, tal vez? ¿Sincero?

- ¿Por qué crees que necesito un exterminador?

- Te estas llenando de moscas ¿ves? Las has traído hasta aquí.

- Y, ¿Dónde es aquí?

- …sólo toca la puerta, si estoy en lo cierto ellas deberán abrirte

Si está en lo cierto, es decir, si de verdad necesito un exterminador. Ahí están las moscas, frotando sus patas…azareyk…qué clase de conjuro es ese. Bueno, al menos me distrae de los bichos por un momento y puedo dar dos golpes a la puerta. Pasan un par de segundos, me muevo impaciente frente a la puerta, volteo, ya no está, no hay nadie. Regreso, un segundo más, estoy a punto de golpearla otra vez, cuando el zumbido regresa.

La puerta se abre, ahora las arañas atiborran el marco de la puerta, me recibe una mujer totalmente arrugada y delgada, con un velo sobre el rostro… ¿Qué quieres? Qué se supone que debo decir… ¿un exterminador?...La mujer se queda pasmada, me mira por detrás del velo, escrutándome hasta lo más profundo. Dos, tres segundos, parece una eternidad y el zumbido aumenta en mis oídos, ella cierra los ojos exhalando un suspiro, encorvando ligeramente la espalda…uno, dos segundos más, el zumbido es un taladro que comienza a horadar el interior de mis oídos, pronto llegará al cerebro y lo hará explotar…ella me coge del brazo y me arrastra al interior donde reina un silencio sepulcral, sólo perturbado por el rumor del zumbido de afuera, puedo sentir cómo las moscas lo llenan todo allí afuera.

¿De verdad sabes a lo que has venido?...en realidad no estoy muy segura, al parecer tengo un serio problema de moscas que zumban a mi alrededor, o desde mi interior, se supone que he venido hasta aquí para terminar con las moscas. En realidad me es imposible explicarle a la mujer parada frente a mí lo que aparece en mi cabeza, me he quedado paralizada ante la sutil pero poderosa presencia de una niña, de unos diez años, parada al fondo de la habitación, a su alrededor merodea una criatura indescriptible, en medio de la penumbra del lugar me parece distinguirlo como una especie de ¿mono de ocho patas?...nada tiene sentido. Los ojos de la niña brillan en la oscuridad, me hipnotizan, veo que en sus manos lleva un mortero donde está moliendo y mezclando algo, sonríe, parece un espectro esperando el momento para…no se ni para qué, pero lo siento, esa niña está preparando algo para mí. ¿Será ella el exterminador?...

Todo el lugar está repleto de cosas colgadas de las vigas del techo, una especie de laberinto de columnas hechas con troncos. La mujer comienza a murmurar cosas a una velocidad exagerada, no puedo entender nada… Me encuentro sucumbiendo a la mezcla de vapores que enrarece el aire, ¿cómo pueden respirar en este lugar? pienso, pero no puedo articular palabra alguna. Siguiendo sus raros conjuros la mujer me lleva del brazo a través de la habitación hasta uno de sus lados donde hay una banca de madera, me siento.

Tengo los pies descalzos, no me había dado cuenta de este detalle hasta ahora, mi vestimenta, tampoco la recuerdo, es como una túnica hecha con telas muy básicas, como el tocuyo. Levanto la mirada, ahora la niña está de cuclillas frente a mí, ofreciéndome una especie de ostra gigante con un líquido naranja con apariencia aceitosa, me sonríe, su sonrisa me dice: “Esto es lo que he preparado para ti…” pero no puedo develar la naturaleza de su regalo, no dudo ni de su buena intención así como tampoco de lo diabólico que emana de su cuerpo espectral. La mujer revolotea alrededor, continúa con sus conjuros, sigo sin entender nada.

Tengo la ostra en mis manos, la sustancia naranja que contiene parece fosforecer en medio de la oscuridad. Las burbujas aceitosas que se han formado giran en espiral mientras yo meneo la ostra en mi mano, el olor es denso y penetrante, se apodera de todos los flujos que recorren el cuerpo. Mi cuerpo se laxa, mi cabeza descansa sostenida entre mis dos rodillas y mis manos han depositado la ostra sobre el suelo, justo debajo de mi nariz. Comienzo a sentir los pies húmedos, como si estuvieran sobre tierra mojada. Abro los ojos.

Desde la profundidad nacarada de un mar anaranjado, en cuya orilla se mojan mis pies descalzos, emergen innumerables arañas, de todos los tamaños, formas exuberantes y colores brillantes, trepan por mis piernas, se enredan en mi cabello, se cuelgan de mi nariz. Siento miedo, siento que voy a morir, soy una de esas moscas a las que las diminutas arañitas absorbieron. Quiero moverme, sacudir los brazos, alejar esas alimañas de mi cuerpo, pero no puedo, estoy paralizada.

Sólo puedo mover los ojos y ligeramente la cabeza, lo suficiente como para percatarme de que ya no estamos en la habitación oscura sino en una especie de bosque gigantesco donde todas las plantas parecen hambrientas, exponiendo sus filosas y salivantes fauces. Me siento diminuta sentada en medio de este bosque de matorrales carnívoros, mientras a mis pies bulle el mar de donde siguen emergiendo millones de arañas.

Siento el zumbido, ahora es aplastante. Sobre nosotros recae una enorme nube de moscas agitando las alitas y sobando sus repugnantes patas, se ha desencadenado una batalla entre arañas y moscas. Mientras tanto, filas de diminutas arañitas comienzan a trepar sobre mí, quiero gritar, pero ningún sonido sale de mi boca, la mujer continúa con sus conjuros incomprensibles, dando saltos a mi alrededor, la niña me mira desde lo alto, sentada sobre una especie de flor llena de espinas que más parecen dientes afilados. Las arañitas llegan hasta mi cara y se introducen por mi nariz, por mis oídos, hasta por mi boca, las siento dentro de mí, siento como devoran mis entrañas, cierro los ojos, como si de esta manera pudiera escapar de la pesadilla.

La batalla continúa, cruel y sangrienta. Todos los sonidos se entremezclan, la risa maliciosa de la niña, los conjuros de la mujer, los chillidos apagados de las arañas y el zumbido de las moscas, todo parece estar sucediendo dentro de mi cuerpo, siento el vértigo invadiéndome por completo, el sentido está a punto de abandonarme, voy a enloquecer.

El reflejo ondulante de la luna aparece llenando la superficie del mar anaranjado, sólo su hipnotismo consigue anclarme. La luna me mira, en medio de miles de parpadeos, desde todos sus ojitos, se está transformando, develando la verdadera naturaleza de su magia. De sus lados salen cuatro pares de patas largas que terminan en filudos aguijones. Frente a mí, una enorme araña, cuyo cuerpo plateado es tan grande como la luna, avanza sobre una tela que entrelaza las estrellas. Demasiado tarde comprendo que lo que veo es sólo el reflejo, cuando levanto la mirada hacia atrás me encuentro con sus millones de ojitos luminosos, con sus filudas fauces atenazando la posibilidad de clavarse en mi carne, veo su cuerpo encorvado hacia mí, mis ojos se abren en una expresión de completo terror al darme cuenta de lo que va a pasar. A continuación, un chorro de seda es disparado hacia mí, no lo quiero ver, aprieto los parpados con fuerza. Todo es oscuridad y silencio ahora.

Despierto, aún con los ojos cerrados, todo parece cálido y apacible, ¿la pesadilla terminó? Cuando trato de moverme algo me lo impide, abro los ojos y me encuentro al interior de una especie de capullo, inundado de innumerables huevecillos, puedo percibir la vida despertando en cada uno de ellos. Desde el exterior llega una luz que atraviesa la pared del capullo, en pos de ella, los arañuelos se despiertan y comienzan a salir de los huevos, me quedo quieta mientras rompen el capullo y salen con vehemencia hacia afuera, sólo yo me quedo hasta el final.

En medio del matorral, sobre el mar naranja, la enorme araña del color de la luna ha construido su tela, ya no hay moscas ni más arañas, sólo ella permanece inmóvil al centro de su tela. Se acerca hacia mí lentamente, extrañamente ya no siento miedo, sólo curiosidad. Sigue acercándose, abriendo y cerrando sus colmillos, de pronto tengo la sensación de que va a comerme, me cubro la cara con mi brazo y cierro los ojos, siento su aliento sobre mi, siento cómo sus fauces rozan con la piel de mi rostro, se siente tan suave, hasta familiar, aún así espero el momento en que ella comience a consumirme. En vez de eso oigo un siseo en mi oído, ¿me está diciendo algo? No puedo entender lo que dice. Descubro mi rostro para mirarla, me encuentro con todos sus ojitos mirándome profundamente, en un instante puedo entender lo que me dice, un vértigo fulminante de imágenes, de una historia, pero el instante pasa y siento que voy perdiendo el sentido, que voy cayendo de la tela hacia el mar naranja, que el aceite me envuelve. Caigo interminablemente.

De golpe, mis ojos se abren, de nuevo la sensación cálida y apacible. Mi respiración agitada y mi cuerpo bañado en sudor. Estoy en mi cama, las luces de la calle pasan a través de las persianas formando extrañas figuras sobre el techo. Puedo ver la luna llena a través de la persiana, sólo fue un sueño, un extraño sueño que se va desvaneciendo mientras comienza a amanecer, la luna desaparece en el celeste del cielo matutino.

Completamente despierta contemplo la bulliciosa ciudad desde el balcón de mi departamento ubicado en el cuarto piso de un edificio, voy a regar las macetas que lo adornan y ahí está ella. Imposible saber cómo llegó hasta aquí pero ahí está, grande y plateada, con sus cuatro pares de patas de franjas amarillas y rojas, quieta en medio de su enorme tela, la miro fijamente con la sensación de que ella me está mirando también con todos sus ojitos luminosos.

Un zumbido rompe mi concentración, una mosca revolotea entre las macetas, la sigo con la mirada hasta verla caer directamente en la tela de la araña plateada, se agita, lucha por liberarse sin éxito, la araña camina hacia ella para envolverla formando un ovillo, la mosca sigue zumbando al interior, veo cómo la araña se alimenta, incrustando sus colmillos en el exoesqueleto de la mosca y absorbiendo sus entrañas. Una tormenta de imágenes inundan mi cabeza, un siseo retumba en mis oídos. Azareyk…

Sólo el nombre se queda clavado en mi memoria, lo demás es un enredo de sensaciones finamente entrelazadas por imágenes. Juntas, la palabra y la emoción, me dejan una vaga pero fuerte certeza mientras entro al departamento dejando la puerta del balcón abierta, sonriendo a la nueva inquilina que me acompaña. Nunca más problemas de moscas.

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