Levantarme de mi cama poco antes del medio día fue, hasta hace algún tiempo, rutina diaria para mí, justo hasta antes de estrenar nuevo trabajo y horario de oficina. Pues bien, tras algunas horas de marmoteo camoso me levanté un día directamente hacia el baño para darme una ducha con agua caliente (aún puedo recordar los días en que el agua caliente era una cosa extraña para mí, días en los que me bañaba con agua bien fría, días en que las sesiones bajo la ducha eran rápidas, violentas, heladas).
Siempre he pensado en las vicisitudes de la vida cuando una historia comienza a aparecer. Como todos los días, me levanté de mi cama con un salto un tanto violento, violentito diría yo, lo suficiente como para impulsarme fuera del halo de marmoteo que me envolvía y me dejaba aplastada sobre la cama caliente. Aterricé directamente sobre las pantuflas, me puse la enorme chompa de lana que me sirve de bata y me dirigí, a paso de zombi, hacia el baño, abrí la puerta y entré, oriné, me lavé los dientes y abrí el grifo dejando caer el agua…esperé hasta que se puso caliente, tanto que me quemaba la piel al solo contacto, compensé abriendo el grifo de agua fría hasta que la lluvia tibia me acarició el cuerpo relajando cada fibra de mis músculos…¡haaaa!, ¡qué rico es bañarse!..., la rutina de todos los días: shampoo sobre la cabeza, acondicionador, me jabono el cuerpo, tal vez una rasurada, tal vez un poco de lima en los pies con piedra pómez, me saco el acondicionador del cabello, siento lo suave que queda…un rato más bajo el agua caliente…¡ha, qué rico se siente.
El agua comienza a enfriarse, la señal para salir de la ducha. Cierro el grifo, abro la puerta corrediza y cojo una toalla que he dejado sobre la taza del inodoro, me la pongo en la cabeza a modo de turbante, me seco con otra, un poco de talco en los pies, me pongo la ropa interior, cuelgo la toalla sobre la puerta corrediza y me dispongo a salir del baño, hacia el cuarto para cambiarme.
Todo hasta ahora es igual a cualquier mañana, rutinaria y aburrida. Sin embargo, esta vez la rutina se ha roto y la puerta no abre, la perilla barata de color plateado desgastado inútilmente movida por mis manos desesperadas no parece funcionar, la puerta esta cerrada, atascada, robada, no sirve, me quedo encerrada en el baño, rodeada del vapor que todavía envuelve el pequeño espacio. ¡Puta madre, y ahora qué hacemos! Grita Elsbeth desesperada pensando en lo que se pudo hacer para que esto no pase, buscando alguien a quien echarle la culpa, típico en ella.
Claro, se supone que nunca se cierra la puerta cuando entramos a la ducha, cuándo has cerrado la puerta, se te tenía que ocurrir justo ahora cerrarla…¡¡¡si sabias que andaba mal la puerta, por qué la cerraste!!!!

Y era cierto, hacia ya varios días que la puerta del baño andaba trucha, se atascaba, se robaba, amenazaba con encerrar a alguien y, claro, yo era el mejor candidato.
Y encima no trajiste el celular. Remarco el asunto de las vicisitudes. Si hubiera sido cualquier día, en primer lugar, no hubiera cerrado la puerta (como dice Elsbeth) y, en segundo lugar, habría llevado el celular al baño, expectante a cualquier llamada, aunque sepa que, finalmente a mi nadie me llama por teléfono (y este es un pensamiento que, aunque no fue expresado en ese momento en palabras audibles, tuvo la pobre de Candice, recordando que, en efecto… ¡nadie me llama!).
Los minutos pasan como horas y Elsbeth no se cansa de forzar la puerta que, hace tiempo que quedó herméticamente cerrada, la jala, la fuerza, la golpea, la patea, tentando a ver si en una de esas la cerradura cede y la puerta se abre, pero nada. Mientras tanto, en los ojos de Candice arden las lágrimas que pugnan por salir e inundarlo todo en desesperanza. El pequeño baño se siente aún más pequeño y estrecho, demasiado para albergar tanta furia, tanta angustia, tanto drama, todo parece a punto de estallar.
Y ahora qué, nos vamos a quedar encerradas acá hasta la noche, ¿te imaginas?, seguro que él llegara como a las diez o más tarde, ni siquiera hay forma de avisarle, él no sabe nada, llegará tarde, muy tarde y, recién ahí podremos salir…no importa nada más, definitivamente en los ojos inundados de Candice, nuestra tragedia será el encierro sin fin, en un cuarto de baño, con sus paredes blancas, un poco salpicadas de moho. Pero si es la historia de siempre, dime, cuándo ha sido diferente, la mala suerte nos acecha, a cada paso, ¡Ho!, que habremos hecho para merecer tal desdicha.
Mientras Candice se sumerge en un abrazo lleno de congoja y desdicha, Elsbeth recorre el estrecho espacio pensando en la mejor manera de escapar, y sus armas son solo de una naturaleza: violenta.
¡Basta! No nos vamos a quedar acá, tengo mejores cosas que hacer que quedarme encerrada en un maldito baño escuchando tus lamentables lamentos, crees que es imposible, soy capaz de destruir este mismo cuarto con tal de dejar de escucharte. Con la piedra pómez en la mano Elsbeth acalla los quejidos de su hermana golpeando la puerta blanca, que se hunde con el impacto mas no se abre. ¡Maldita, abreteeeeee!
Es inútil, no podremos salir, nos quedaremos acá hasta que anochezca. Ni la angustia, ni la desesperación harán que la ira sea aplacada, ella solo necesita destruir, solo necesita encontrar el arma perfecta, la fuerza la tiene y sabe como usarla.
Han pasado casi dos horas, que parecen días, semanas, meses, años enteros de claustrofobia, de ímpetu contenido, de gritos acallados, silenciados, de encierro interminable, la consigna ha este punto es solo una: no importa cómo, esa puerta tiene que ceder.
Después de un largo rato, de golpes y patadas, de gritos y rugidos, surge una idea: el arma ha estado siempre ahí, sosteniendo el lavatorio. Uno de los parantes de metal está, hace tiempo, fuera de su sitio, Elsbeth lo toma en sus manos y lo envuelve en una toalla. Parada frente a la puerta contempla la magnitud de la misión que le toca afrontar.

Uno tras otro los golpes comienzan a abrir un agujero en la puerta. La perilla sale volando, definitivamente ya no sirve, pero el agujero aún es muy pequeño. Mientras sigue golpeando, a un ritmo constante y monótono, alimentado por la ira, Elsbeth rememora en su cabeza desquiciada aquella película, “sueños de fuga”, no importa cuánto tenga que golpear la puerta, en algún momento tendrá que salir. Pero el esfuerzo es demasiado y la ira no me deja respirar, luego de un momento me encuentro jadeando, sentada sobre el inodoro, con el arma caliente aun en mis manos, esto es imposible, no vamos a poder salir.
Todo parece indicar que sí, que esta vez Candice tiene razón, realmente nos quedaremos acá, encerradas en este diminuto baño sabe Dios hasta cuándo. No, no me resigno al encierro, tengo que salir. Las lágrimas ya no solo bañan la desesperación de Candice, sino también la impotencia iracunda de Elsbeth que toma un pequeño balde de pintura y se sube en él para gritar a alguien, desde la ventana del baño que da a la calle, quien pueda ayudarla a salir. La lucha entre ambas hermanas continúa, mientras una amenaza con resignarse al encierro la otra lucha por encontrar una salida.
En medio de este trance, si yo nos encerré, tal vez solo yo pueda liberarnos
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