domingo, 27 de febrero de 2011

Dicen que el primer paso para superar un problema es reconocer que se tiene un problema pero, qué pasa cuando, aunque reconocido esté, el camino hacia la total superación del mismo se encuentra entrampado, qué pasa cuando, peor aún, es uno mismo el que se pone las trabas para alcanzar la completa superación, finalmente, qué pasa cuando ese “uno mismo” es en realidad uno que no resulta ser uno mismo sino una extraña versión perversa de uno mismo. Iba pensando en el taxi camino a casa, pegada a la ventana sin mirar realmente nada en especial y dándome cuenta de que, justo ahora, hace unas pocas horas se cumplió una semana desde el último cuadro.

Ya no importa porque ese cuadro ya pasó y ni siquiera hay un recuerdo nítido de él, nunca lo hubo, entonces, cuál es la prueba de que realmente existió. Los intentos por echar arena sobre ese pedazo de mierda que constituye aquel cuadro se repiten una y otra vez, cada estrategia pensada y repensada, pero no, siempre asoma un pedazo, o escapa un hilo del olor nauseabundo de la mierda, ese cuadro tomará su tiempo en ser enterrado, y aún bajo la arena, los líquidos de su putrefacción emanarán porque viene cargado, fermentado durante semanas de aguante y estreñimiento. La panza hinchada y el animo fétido de amargura.

Así el cuadro se repite, ya no la misma imagen, pero el cuadro permanece reproduciendo su hediondez a lo largo de días, semanas, meses, años, el infinito marcado por su estigma, “el cuadro”. Para cuando logré meditar claramente sobre el asunto, el cuadro ya estaba bañado en un charco de heces líquidas, una hemorragia anal cuya primera consecuencia fue dejar el cuerpo drenado de espanto.

domingo, 19 de septiembre de 2010

AZAREYK

Me encuentro al interior de una quinta, seguramente camuflada tras una pequeña puerta de madera desgastada por el tiempo, el polvo y la humedad, incrustada en una pared salpicada de grietas por donde chorrea polvo de ladrillo, formando surcos color sangre sobre la pintura que aún cubre, descolorida, algunos fragmentos de pared. En una callejuela solitaria y gris, derruida, en algún resquicio de una esperpéntica ciudad, atrapada dentro de una bombilla que parpadea a punto de apagarse.

No sé cómo llegue, ni siquiera haber entrado en la quinta por la puerta casi a punto de desintegrarse, pero aquí estoy, en medio de un solar atestado de cordeles con ropas viejas enredándose entre sí. En todo el contorno, una colmena de casitas hechas de madera, con puertas y paredes de tripley, desde donde seres espectrales nos espían temerosos, entreabriendo puertas y ventanas, exponiendo por hilos finos de luz, sus rostros ennegrecidos.

Llegamos hasta el fondo. Mejor dicho llegué, porque, aunque persiste en mí la certeza de que éramos un grupo, no puedo recordar más que la sensación de su presencia detrás de mí.

Lentamente el solar se sumerge en una quietud espantosa y los tendederos desaparecen, el sonido del tiempo se apaga y su movimiento se detiene unos segundos. El rumor del incógnito grupo se escucha distorsionado y como salido de una dimensión paralela, como si yo permaneciera en espacio liminal mientras me acerco a la casa del final, tal cuál las demás pero, con un magnetismo que me atrae casi sin tocar el piso hacia la entrada. Una puerta abierta de par en par, que deja al descubierto una casi completa oscuridad, magnificada por la luz que ahora inunda el solar.

Llego a ver que del marco de la puerta cuelga una especie de ovillo, de superficie excepcionalmente lisa, sin siquiera tocarlo puedo sentir su suavidad, pende de finos hilos de seda, siento cómo esos hilos intentan atraparme, inclino ligeramente la cabeza hacia un lado de manera que mi oído puede percibir el revoloteo de una miríada de moscas a mi alrededor, todas tornasoladas, brillando al contacto con la luz que revienta sobre sus cuerpos.

La repentina conciencia de su presencia despierta el sonido zumbante de sus alitas agitándose. Los sentidos se distorsionan, el zumbido inunda todo el espacio, vibrando, latiendo, como si me encontrara en el centro mismo del enjambre, como si millones de huevecillos reventaran dentro de mi cerebro, escupiendo pequeñas nuevas larvas de futuras repugnantes moscas. Siento cómo voy perdiendo el equilibrio, dando vueltas en mi propio eje tratando de espantarlas. El zumbido no cesa, permanece sobre mí, rodeándome, porque sale de mí.

Guárdame azareyk, no entran moscas

Guárdame azareyk, no entran moscas…

La voz, que emana como una bruma espesa desde el interior oscuro de la casa, avanza ondulante, acallando el zumbido delirante de las moscas, muchas han caído en la trampa que cuelga del umbral, se retuercen tratando de liberarse, envolviéndose aún más en la maraña viscosa. El ovillo late, lo siento retumbar en el espacio, haciendo que miles de pequeñas arañitas broten del corazón de la trampa, puedo ver cómo incrustan sus filudos colmillos, atravesando el exoesqueleto, disolviendo y absorbiendo la vida de los insectos que quedan quietos, secos en un instante de terror.

Al fin, el zumbido casi ha cesado. Ahora es sólo un rumor jugueteando en mi oído, al que golpeo en mis intentos por espantarlo. Todavía me siento aturdida, intento recuperar la estabilidad de mi cuerpo, cierro fuerte los ojos y dirijo la cabeza hacia la imagen que se dibuja sobre el negro opaco del interior de la casa. Cuando mis ojos pueden abrirse a la imagen borrosa, la puerta se cierra de golpe y todo regresa a su ritmo y frecuencia normales, los cordeles con sus andrajos colgados, mecidos por el viento, el cielo gris opaco, el frío que cala los huesos, el tiempo parece transcurrir normalmente otra vez, recuperando el sonido de su constante rumor.

Rumor que ahora se siente indiferente, a mi alrededor estoy sola. La casa parece abandonada, un enredo de telas de araña cuelga a lo largo del umbral de la puerta, salpicado de diminutos esqueletos de araña. Unas cuantas moscas vuelan solitarias por el solar, se paran sobre alguna de las prendas colgadas, frotan sus patitas peludas y soban sus enormes ojos. Uno se pregunta, de qué lugar de inmundicia vendrán estas moscas, llegan siempre trayendo lo peor entre patas. No dejo de pensar en sus patas, asquerosamente peludas, es como si pudiera verlas en detalle, hasta los resquicios de su exoesqueleto, de los que emana un líquido viscoso, equivalente a nuestro sudor imagino, pero que en el bicho adquiere una hediondez que me hace arrugar la nariz, siento un asco morboso, aspiro una bocanada de aire para sentir la pestilencia más profundamente, con los ojos cerrados. Me pierdo en el laberinto peludo del cuerpo de la mosca, empapada en su sudor viscoso, embriagándome del olor. Luchando en medio de un extraño éxtasis, empujándome a escapar de una pesadilla dentro de otra pesadilla. Lucho, lucho y no logro salir…otra vez los huevecillos reventando en mi cabeza…Azareyk …

Esta vez, la voz rasga la linealidad del momento…es increíblemente áspera, me raspa los tímpanos. Aparece detrás de mí, sentado en una banca a la entrada de una de las casas de madera, me mira desde un único ojo, el otro trasluce como una canica celeste, me veo distorsionadamente reflejada en él. Sonríe con los dos dientes que le quedan, su risa también es áspera. Cuántos años tiene, es hombre o mujer, su único ojo parece haber visto el tiempo infinito pasar en un instante. Con un movimiento rápido y envidiablemente ágil se pone de pie… ¿Qué es lo que estás buscando aquí? Se mueve a mi alrededor, siento como si estuviera oliéndome, como un animal… ¿Quieres lo que hay tras esa puerta? Justo la pregunta que necesito… ¿Qué es lo que hay detrás de esta puerta? Me siento realmente orgullosa de mi respuesta, estoy segura que logré un efecto en él…jajajajajaja…exterminio, eso hay tras esa puerta, tú necesitas un exterminador, ¿verdad?...de qué está hablando, yo no necesito un exterminador, sólo salir de aquí, despertarme o lo que sea. Me sigue mirando, espera una respuesta. Odio ese tipo de sonrisa, se ve tan satisfecho, definitivamente se está burlando de mí, debo pensar en algo, ¿ingenioso, tal vez? ¿Sincero?

- ¿Por qué crees que necesito un exterminador?

- Te estas llenando de moscas ¿ves? Las has traído hasta aquí.

- Y, ¿Dónde es aquí?

- …sólo toca la puerta, si estoy en lo cierto ellas deberán abrirte

Si está en lo cierto, es decir, si de verdad necesito un exterminador. Ahí están las moscas, frotando sus patas…azareyk…qué clase de conjuro es ese. Bueno, al menos me distrae de los bichos por un momento y puedo dar dos golpes a la puerta. Pasan un par de segundos, me muevo impaciente frente a la puerta, volteo, ya no está, no hay nadie. Regreso, un segundo más, estoy a punto de golpearla otra vez, cuando el zumbido regresa.

La puerta se abre, ahora las arañas atiborran el marco de la puerta, me recibe una mujer totalmente arrugada y delgada, con un velo sobre el rostro… ¿Qué quieres? Qué se supone que debo decir… ¿un exterminador?...La mujer se queda pasmada, me mira por detrás del velo, escrutándome hasta lo más profundo. Dos, tres segundos, parece una eternidad y el zumbido aumenta en mis oídos, ella cierra los ojos exhalando un suspiro, encorvando ligeramente la espalda…uno, dos segundos más, el zumbido es un taladro que comienza a horadar el interior de mis oídos, pronto llegará al cerebro y lo hará explotar…ella me coge del brazo y me arrastra al interior donde reina un silencio sepulcral, sólo perturbado por el rumor del zumbido de afuera, puedo sentir cómo las moscas lo llenan todo allí afuera.

¿De verdad sabes a lo que has venido?...en realidad no estoy muy segura, al parecer tengo un serio problema de moscas que zumban a mi alrededor, o desde mi interior, se supone que he venido hasta aquí para terminar con las moscas. En realidad me es imposible explicarle a la mujer parada frente a mí lo que aparece en mi cabeza, me he quedado paralizada ante la sutil pero poderosa presencia de una niña, de unos diez años, parada al fondo de la habitación, a su alrededor merodea una criatura indescriptible, en medio de la penumbra del lugar me parece distinguirlo como una especie de ¿mono de ocho patas?...nada tiene sentido. Los ojos de la niña brillan en la oscuridad, me hipnotizan, veo que en sus manos lleva un mortero donde está moliendo y mezclando algo, sonríe, parece un espectro esperando el momento para…no se ni para qué, pero lo siento, esa niña está preparando algo para mí. ¿Será ella el exterminador?...

Todo el lugar está repleto de cosas colgadas de las vigas del techo, una especie de laberinto de columnas hechas con troncos. La mujer comienza a murmurar cosas a una velocidad exagerada, no puedo entender nada… Me encuentro sucumbiendo a la mezcla de vapores que enrarece el aire, ¿cómo pueden respirar en este lugar? pienso, pero no puedo articular palabra alguna. Siguiendo sus raros conjuros la mujer me lleva del brazo a través de la habitación hasta uno de sus lados donde hay una banca de madera, me siento.

Tengo los pies descalzos, no me había dado cuenta de este detalle hasta ahora, mi vestimenta, tampoco la recuerdo, es como una túnica hecha con telas muy básicas, como el tocuyo. Levanto la mirada, ahora la niña está de cuclillas frente a mí, ofreciéndome una especie de ostra gigante con un líquido naranja con apariencia aceitosa, me sonríe, su sonrisa me dice: “Esto es lo que he preparado para ti…” pero no puedo develar la naturaleza de su regalo, no dudo ni de su buena intención así como tampoco de lo diabólico que emana de su cuerpo espectral. La mujer revolotea alrededor, continúa con sus conjuros, sigo sin entender nada.

Tengo la ostra en mis manos, la sustancia naranja que contiene parece fosforecer en medio de la oscuridad. Las burbujas aceitosas que se han formado giran en espiral mientras yo meneo la ostra en mi mano, el olor es denso y penetrante, se apodera de todos los flujos que recorren el cuerpo. Mi cuerpo se laxa, mi cabeza descansa sostenida entre mis dos rodillas y mis manos han depositado la ostra sobre el suelo, justo debajo de mi nariz. Comienzo a sentir los pies húmedos, como si estuvieran sobre tierra mojada. Abro los ojos.

Desde la profundidad nacarada de un mar anaranjado, en cuya orilla se mojan mis pies descalzos, emergen innumerables arañas, de todos los tamaños, formas exuberantes y colores brillantes, trepan por mis piernas, se enredan en mi cabello, se cuelgan de mi nariz. Siento miedo, siento que voy a morir, soy una de esas moscas a las que las diminutas arañitas absorbieron. Quiero moverme, sacudir los brazos, alejar esas alimañas de mi cuerpo, pero no puedo, estoy paralizada.

Sólo puedo mover los ojos y ligeramente la cabeza, lo suficiente como para percatarme de que ya no estamos en la habitación oscura sino en una especie de bosque gigantesco donde todas las plantas parecen hambrientas, exponiendo sus filosas y salivantes fauces. Me siento diminuta sentada en medio de este bosque de matorrales carnívoros, mientras a mis pies bulle el mar de donde siguen emergiendo millones de arañas.

Siento el zumbido, ahora es aplastante. Sobre nosotros recae una enorme nube de moscas agitando las alitas y sobando sus repugnantes patas, se ha desencadenado una batalla entre arañas y moscas. Mientras tanto, filas de diminutas arañitas comienzan a trepar sobre mí, quiero gritar, pero ningún sonido sale de mi boca, la mujer continúa con sus conjuros incomprensibles, dando saltos a mi alrededor, la niña me mira desde lo alto, sentada sobre una especie de flor llena de espinas que más parecen dientes afilados. Las arañitas llegan hasta mi cara y se introducen por mi nariz, por mis oídos, hasta por mi boca, las siento dentro de mí, siento como devoran mis entrañas, cierro los ojos, como si de esta manera pudiera escapar de la pesadilla.

La batalla continúa, cruel y sangrienta. Todos los sonidos se entremezclan, la risa maliciosa de la niña, los conjuros de la mujer, los chillidos apagados de las arañas y el zumbido de las moscas, todo parece estar sucediendo dentro de mi cuerpo, siento el vértigo invadiéndome por completo, el sentido está a punto de abandonarme, voy a enloquecer.

El reflejo ondulante de la luna aparece llenando la superficie del mar anaranjado, sólo su hipnotismo consigue anclarme. La luna me mira, en medio de miles de parpadeos, desde todos sus ojitos, se está transformando, develando la verdadera naturaleza de su magia. De sus lados salen cuatro pares de patas largas que terminan en filudos aguijones. Frente a mí, una enorme araña, cuyo cuerpo plateado es tan grande como la luna, avanza sobre una tela que entrelaza las estrellas. Demasiado tarde comprendo que lo que veo es sólo el reflejo, cuando levanto la mirada hacia atrás me encuentro con sus millones de ojitos luminosos, con sus filudas fauces atenazando la posibilidad de clavarse en mi carne, veo su cuerpo encorvado hacia mí, mis ojos se abren en una expresión de completo terror al darme cuenta de lo que va a pasar. A continuación, un chorro de seda es disparado hacia mí, no lo quiero ver, aprieto los parpados con fuerza. Todo es oscuridad y silencio ahora.

Despierto, aún con los ojos cerrados, todo parece cálido y apacible, ¿la pesadilla terminó? Cuando trato de moverme algo me lo impide, abro los ojos y me encuentro al interior de una especie de capullo, inundado de innumerables huevecillos, puedo percibir la vida despertando en cada uno de ellos. Desde el exterior llega una luz que atraviesa la pared del capullo, en pos de ella, los arañuelos se despiertan y comienzan a salir de los huevos, me quedo quieta mientras rompen el capullo y salen con vehemencia hacia afuera, sólo yo me quedo hasta el final.

En medio del matorral, sobre el mar naranja, la enorme araña del color de la luna ha construido su tela, ya no hay moscas ni más arañas, sólo ella permanece inmóvil al centro de su tela. Se acerca hacia mí lentamente, extrañamente ya no siento miedo, sólo curiosidad. Sigue acercándose, abriendo y cerrando sus colmillos, de pronto tengo la sensación de que va a comerme, me cubro la cara con mi brazo y cierro los ojos, siento su aliento sobre mi, siento cómo sus fauces rozan con la piel de mi rostro, se siente tan suave, hasta familiar, aún así espero el momento en que ella comience a consumirme. En vez de eso oigo un siseo en mi oído, ¿me está diciendo algo? No puedo entender lo que dice. Descubro mi rostro para mirarla, me encuentro con todos sus ojitos mirándome profundamente, en un instante puedo entender lo que me dice, un vértigo fulminante de imágenes, de una historia, pero el instante pasa y siento que voy perdiendo el sentido, que voy cayendo de la tela hacia el mar naranja, que el aceite me envuelve. Caigo interminablemente.

De golpe, mis ojos se abren, de nuevo la sensación cálida y apacible. Mi respiración agitada y mi cuerpo bañado en sudor. Estoy en mi cama, las luces de la calle pasan a través de las persianas formando extrañas figuras sobre el techo. Puedo ver la luna llena a través de la persiana, sólo fue un sueño, un extraño sueño que se va desvaneciendo mientras comienza a amanecer, la luna desaparece en el celeste del cielo matutino.

Completamente despierta contemplo la bulliciosa ciudad desde el balcón de mi departamento ubicado en el cuarto piso de un edificio, voy a regar las macetas que lo adornan y ahí está ella. Imposible saber cómo llegó hasta aquí pero ahí está, grande y plateada, con sus cuatro pares de patas de franjas amarillas y rojas, quieta en medio de su enorme tela, la miro fijamente con la sensación de que ella me está mirando también con todos sus ojitos luminosos.

Un zumbido rompe mi concentración, una mosca revolotea entre las macetas, la sigo con la mirada hasta verla caer directamente en la tela de la araña plateada, se agita, lucha por liberarse sin éxito, la araña camina hacia ella para envolverla formando un ovillo, la mosca sigue zumbando al interior, veo cómo la araña se alimenta, incrustando sus colmillos en el exoesqueleto de la mosca y absorbiendo sus entrañas. Una tormenta de imágenes inundan mi cabeza, un siseo retumba en mis oídos. Azareyk…

Sólo el nombre se queda clavado en mi memoria, lo demás es un enredo de sensaciones finamente entrelazadas por imágenes. Juntas, la palabra y la emoción, me dejan una vaga pero fuerte certeza mientras entro al departamento dejando la puerta del balcón abierta, sonriendo a la nueva inquilina que me acompaña. Nunca más problemas de moscas.

Ultimo martes de agosto por la noche...

hace frío y se siente la humedad casi al 100%, unque han habido fríos peores estos días.

Conversación por chat (5:00 pm aproximadamente)

Estoy aburrida, pasando el tiempo buscando cosas en Internet, fisgoneando en el Facebook, revisando viejos archivos a ver que tengo en mi máquina, haciendo tiempo hasta que esta semana se pase y emprenda el siguiente viaje.

- ¿Vamos al cine, a ver inception otra vez?

- ya vao…

Genial, algo que esperar que no tomará ni siquiera un día. Mientras tanto le sigo dando a la procrastinación (me encanta esa palabra) digo yo, productiva, jajajaja…

El tiempo pasa, llega la hora de ir al cine, nos preparamos para el paseo. El evento planeado no siempre resulta lo más interesante del paseo sino el paseo en sí y este es un buen ejemplo, porque nunca entramos al cine, en vez de eso fuimos testigos de uno de esos eventos que hacen de esta ciudad la que amamos y odiamos, eso que nos saca de cuadro, que no podemos comprender, de lo que solo nos queda reírnos y contarlo a cuanto amigo nos crucemos por el resto de nuestras vidas.

Nos detuvimos a comprar una porción de anticuchos con su choncholí a pocos metros de la esquina de la avenida Universitaria con la prolongación Ayacucho, el puesto de la casera estaba abarrotado de gente que disfrutaba de su cena, algunos carros eran atendidos por el yerno de la señora, todos apurados para atender a tiempo a los clientes que no dejaban de llegar.

Cuando íbamos camino al puesto de anticuchos nos encontramos con los restos de un choque justo en la esquina y el cartel que señalaba el nombre de las calles tumbado en medio de un montón de partecitas de carro, hicimos unos cuantos comentarios sobre el hecho y seguimos adelante concentrados en los anticuchos y unas intensas ganas de orinar.

- me picho, hay que comprar para llevar nomás,

o voy al chifa

- pregunta, fácil te prestan…

Nos quedamos parados frente a las brasas donde se cocinaba nuestra cena, disfrutando del calorcito, cuando escuchamos a alguien vociferar en la esquina del chifa. El señor le gritaba algo a alguien adentro del chifa, no pudimos entender que era lo que decía, pero parecía estar un poco mareadito, eso fue lo que pensamos en ese momento.

Nos quedamos mirándolo hasta que lo vimos cruzar la calle hacia el cartel tumbado y comenzar sus intentos por sacarlo, rompiendo lo poco que lo unía todavía a la vereda (propiedad de todos los ciudadanos). El hombre luchaba haciendo palanca para romper las raíces del cartel, de a ratos volvía a la puerta del chifa para gritarle algo a alguien de adentro y regresaba a su labor con el cartel.

Estuvo en ese plan más o menos unos 15 minutos, la gente pasaba por su costado sin disimular su sorpresa ante semejante performance urbana interpretada por este señor. Un total desconocido inspirado por el alcohol, que decidió aprovechar la oportunidad para llevarse un souvenir. Todos pensamos que de seguro lo va a vender y quizá hasta consiga un buen precio y se gastará todo en alcohol, el típico borracho malandrín, etc. etc., pero quien sabe y es un loquito medio artista que colecciona señales de transito y algún día de estos, tan plagados de sorpresas inauditas, nos sorprende con una exposición genial de la escultura urbana más arriesgada de los últimos tiempos.

No puedo negar que fue increíble verlo levantar por fin el poste hasta erguirlo totalmente, la foto fue perfecta, como aquella de los soldados norteamericanos izando su bandera en el campo de batalla. Memorable. El poste se le cayó una o dos veces, o más, pero él volvía a levantarlo mientras una señora, con la osadía que pondría a rabiar de la envidia a cualquier urraco de Magaly, parada en la esquina misma de la acción, a sólo unos pasos de aquel hombre violentando el poste y sin importarle el peligro de que le caiga el poste encima, conversaba por teléfono girando en su propio eje como buscando algo cargando una bolsa grande de mercado.

Parecía como si estuviera buscando una dirección, tal vez la que marcaba el poste, pero ella no podía verlo porque ese señor lo estaba moviendo, dándole vueltas para romper sus raíces, las que conectaban ese poste con todos los ciudadanos, cuando se rompan, ese poste ya no nos pertenecerá, será suyo. Esa será su recompensa.

Hasta que logró sacarlo. En ese lapso ya todos los comensales en el puesto de anticucho estaban atentos a cada movimiento del hombre, comentando el hecho en una mezcla de indignación y burla. El clímax llegó cuando el señor logró sacar el cartel, un silencio solemne invadió la calle en ese momento, todas las miradas apuntaban al señor que cogía su trofeo con las dos manos, jadeando por el esfuerzo. Desde donde estábamos no lo podíamos ver pero estoy segura que tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro.

En un último esfuerzo y tras varios intentos logró llevarse el cartel al hombro, caminando tranquilamente en frente de donde su público lo observaba atónito, perdiéndose por alguna de las callecitas de San Miguel.

Acto seguido la gente comenzó a levantarse, comentando entre ellos, emprendiendo el regreso a casa y a la rutina de cada noche frente al televisor. En el puesto vacío la señora preparaba la última porción, la nuestra, que esperábamos frente al calorcito de la parrilla, escuchando los susurros de la señora que comentaba el evento con su yerno, esperando la última ola de gente de la noche y algo nuevo que amenice la cena.

jueves, 16 de septiembre de 2010

todos tenemos motivos para amar el pollo

Quedé en almorzar con un buen amigo una tarde, él me hizo esperarlo una hora. Esperar es un tiempo muerto que se convierte en un tiempo zombi, un undeth. Los zombis pueden parecer bastante lentos y poco convincentes pero he comprobado hace poco que pueden ser también feroces, brutales e increíblemente veloces cuando de alcanzar su comida se refiere. Por monses o realmente feroces, puedo decir que preferiría mantenerme alejada de los zombis, o sea del tiempo muerto. En pocas palabras, no me gusta esperar, pero tampoco voy a pelearme con mi buen amigo, lo que hago es pasarle el zombi a él.

Durante la hora que lo espere, resguardada del sol bajo la sombra de un generoso árbol pensaba en que mi buen amigo, que además es vegetariano, me llevaría a algún lugar en el que, de ninguna forma podría comer carne, “como castigo tendría él que comer carne”, pensaba justo antes que se apareciera por la pequeña plaza recién recuperada. No lo obligué a comer carne, eso seria una crueldad de mi parte, en vez de eso le dedico, con mucho cariño, este sangriento recuerdo, en nombre del zombi que nació el día en que me hizo esperar.

*

De pequeña, mi madre nos mandaba, a mi hermano y a mi, al mercado a comprar pollo, “un pollo entero que pese kilo y medio”, era el mandato antes de salir por la pequeña puerta que daba a la calle, lo único que se abría del enorme y desvencijado portón que separaba el jardín y su pequeño bosque de plátanos manzanos sobrealimentados y la calle, un mundo de polvo que levantaban los autos al pasar sobre la arena muerta.

Era para nosotros toda una aventura cuando nos enviaban a estas misiones, ya que debíamos caminar siempre un buen tramo que nos inspiraba imaginarios parajes que se convertían en los escenarios de mil y un aventuras.

En el mercado, la señora del pollo nos esperaba como cada sábado entre las diez y las once de la mañana. Al llegar ella tenia separado el pollo que nos llevaríamos, entonces, el rito de sangre y muerte se iniciaba.

El pollo, separado de los demás por un par de jabas que lo obligaban a permanecer quieto, movía la cabeza y los ojos en todas direcciones, en presentimiento de su destino final. Mientras la señora nos llevaba al interior del puesto, sentíamos el colchón de plumas ensangrentadas bajo nuestros pies. Al fondo, al costado del corral, el lugar del sacrificio, esa especie de embudo, cuyo extremo más angosto dejaba expuesta y vulnerable la garganta del pollo, que daba de patadas contra la pared, dibujando surcos sobre la sangre seca de infinidad de otros pollos.

El momento de consumación del sacrificio era al mismo tiempo aterrador y fascinante. Sin ningún titubeo ni ablandamiento frente a los ojos fijos del pollo, la mujer pasaba su cuchillo con destreza de cirujano por su garganta mientras él se retorcía dentro del embudo, empujando con las patas, desesperado al sentir la sangre drenarse por su yugular cortada, llevándose su vida. Poco a poco el pollo se iba desangrando, poco a poco sus esfuerzos eran más débiles, poco a poco su expresión se volvía más extenuada, con el pico abierto, la lengua colgando y los ojos entreabiertos mientras las ultimas gotas de sangre caían sobre la olla donde burbujeaban litros de sangre fresca.

Cogiéndolo de las patas la mujer lo llevaba hacia una olla con agua hirviendo donde el cuerpo inerte del pollo era sumergido una y otra vez, hasta que con un movimiento rápido y preciso el cuerpo era golpeado sobre el mostrador de mayólica donde la señora desplumaba al pollo muerto y donde estaban también algunas partes de otros pollo sacrificados, un pecho con las vísceras aún dentro, algunas piernas, brazuelos, una bandeja con corazones, hígados, mollejas y patas y un tazón con sangre fresca aún burbujeante del pollo que acababa de matar y estaba desplumando, dándole de palmazos, “para no sentir el caliente”, decía a veces la señora; “para que las plumas salgan más rápido” decía otras.

Al principio nosotros sólo presenciábamos el rito, recuerdo la excitación que me producía cada sábado la idea de presenciarlo y, un día descubrí el deseo escondido de participar de él e incluso propiciarlo yo misma.

En poco tiempo nos convertimos en diligentes ayudantes, pelábamos los pollos sobre el mostrador, con una técnica casi tan perfecta como la de nuestra maestra, en medio de una morbosa fascinación, golpeando el cuerpo inerte del pollo, no para despistar el calor ni para hacer más fácil la labor, sino porque se sentía rico o sonaba rico. Disfrutábamos del momento parados sobre la alfombra infinita de plumas.

Sin embargo nunca fuimos más allá en el rito, nunca sumergimos el cuerpo inerte del pollo en el agua hirviendo, nunca lo colocamos en el embudo, y claro, jamás deslizamos el cuchillo sobre su garganta para provocar su muerte, solo regresábamos a casa, con las manos impregnadas del olor del pollo, con alguna pluma rojiza sobre la ropa, con una sonrisa en el rostro pensando en los deliciosos guisos que nos prepararía mi madre en casa a nuestra llegada.


http://www.jrmora.com/blog/2009/01/28/demencia-dibujil-remata-al-pollo/


martes, 14 de septiembre de 2010

ENCIERRO

Levantarme de mi cama poco antes del medio día fue, hasta hace algún tiempo, rutina diaria para mí, justo hasta antes de estrenar nuevo trabajo y horario de oficina. Pues bien, tras algunas horas de marmoteo camoso me levanté un día directamente hacia el baño para darme una ducha con agua caliente (aún puedo recordar los días en que el agua caliente era una cosa extraña para mí, días en los que me bañaba con agua bien fría, días en que las sesiones bajo la ducha eran rápidas, violentas, heladas).

Siempre he pensado en las vicisitudes de la vida cuando una historia comienza a aparecer. Como todos los días, me levanté de mi cama con un salto un tanto violento, violentito diría yo, lo suficiente como para impulsarme fuera del halo de marmoteo que me envolvía y me dejaba aplastada sobre la cama caliente. Aterricé directamente sobre las pantuflas, me puse la enorme chompa de lana que me sirve de bata y me dirigí, a paso de zombi, hacia el baño, abrí la puerta y entré, oriné, me lavé los dientes y abrí el grifo dejando caer el agua…esperé hasta que se puso caliente, tanto que me quemaba la piel al solo contacto, compensé abriendo el grifo de agua fría hasta que la lluvia tibia me acarició el cuerpo relajando cada fibra de mis músculos…¡haaaa!, ¡qué rico es bañarse!..., la rutina de todos los días: shampoo sobre la cabeza, acondicionador, me jabono el cuerpo, tal vez una rasurada, tal vez un poco de lima en los pies con piedra pómez, me saco el acondicionador del cabello, siento lo suave que queda…un rato más bajo el agua caliente…¡ha, qué rico se siente.

El agua comienza a enfriarse, la señal para salir de la ducha. Cierro el grifo, abro la puerta corrediza y cojo una toalla que he dejado sobre la taza del inodoro, me la pongo en la cabeza a modo de turbante, me seco con otra, un poco de talco en los pies, me pongo la ropa interior, cuelgo la toalla sobre la puerta corrediza y me dispongo a salir del baño, hacia el cuarto para cambiarme.

Todo hasta ahora es igual a cualquier mañana, rutinaria y aburrida. Sin embargo, esta vez la rutina se ha roto y la puerta no abre, la perilla barata de color plateado desgastado inútilmente movida por mis manos desesperadas no parece funcionar, la puerta esta cerrada, atascada, robada, no sirve, me quedo encerrada en el baño, rodeada del vapor que todavía envuelve el pequeño espacio. ¡Puta madre, y ahora qué hacemos! Grita Elsbeth desesperada pensando en lo que se pudo hacer para que esto no pase, buscando alguien a quien echarle la culpa, típico en ella.

Claro, se supone que nunca se cierra la puerta cuando entramos a la ducha, cuándo has cerrado la puerta, se te tenía que ocurrir justo ahora cerrarla…¡¡¡si sabias que andaba mal la puerta, por qué la cerraste!!!!
Y era cierto, hacia ya varios días que la puerta del baño andaba trucha, se atascaba, se robaba, amenazaba con encerrar a alguien y, claro, yo era el mejor candidato.

Y encima no trajiste el celular. Remarco el asunto de las vicisitudes. Si hubiera sido cualquier día, en primer lugar, no hubiera cerrado la puerta (como dice Elsbeth) y, en segundo lugar, habría llevado el celular al baño, expectante a cualquier llamada, aunque sepa que, finalmente a mi nadie me llama por teléfono (y este es un pensamiento que, aunque no fue expresado en ese momento en palabras audibles, tuvo la pobre de Candice, recordando que, en efecto… ¡nadie me llama!).

Los minutos pasan como horas y Elsbeth no se cansa de forzar la puerta que, hace tiempo que quedó herméticamente cerrada, la jala, la fuerza, la golpea, la patea, tentando a ver si en una de esas la cerradura cede y la puerta se abre, pero nada. Mientras tanto, en los ojos de Candice arden las lágrimas que pugnan por salir e inundarlo todo en desesperanza. El pequeño baño se siente aún más pequeño y estrecho, demasiado para albergar tanta furia, tanta angustia, tanto drama, todo parece a punto de estallar.

Y ahora qué, nos vamos a quedar encerradas acá hasta la noche, ¿te imaginas?, seguro que él llegara como a las diez o más tarde, ni siquiera hay forma de avisarle, él no sabe nada, llegará tarde, muy tarde y, recién ahí podremos salir…no importa nada más, definitivamente en los ojos inundados de Candice, nuestra tragedia será el encierro sin fin, en un cuarto de baño, con sus paredes blancas, un poco salpicadas de moho. Pero si es la historia de siempre, dime, cuándo ha sido diferente, la mala suerte nos acecha, a cada paso, ¡Ho!, que habremos hecho para merecer tal desdicha.

Mientras Candice se sumerge en un abrazo lleno de congoja y desdicha, Elsbeth recorre el estrecho espacio pensando en la mejor manera de escapar, y sus armas son solo de una naturaleza: violenta.

¡Basta! No nos vamos a quedar acá, tengo mejores cosas que hacer que quedarme encerrada en un maldito baño escuchando tus lamentables lamentos, crees que es imposible, soy capaz de destruir este mismo cuarto con tal de dejar de escucharte. Con la piedra pómez en la mano Elsbeth acalla los quejidos de su hermana golpeando la puerta blanca, que se hunde con el impacto mas no se abre. ¡Maldita, abreteeeeee!

Es inútil, no podremos salir, nos quedaremos acá hasta que anochezca. Ni la angustia, ni la desesperación harán que la ira sea aplacada, ella solo necesita destruir, solo necesita encontrar el arma perfecta, la fuerza la tiene y sabe como usarla.

Han pasado casi dos horas, que parecen días, semanas, meses, años enteros de claustrofobia, de ímpetu contenido, de gritos acallados, silenciados, de encierro interminable, la consigna ha este punto es solo una: no importa cómo, esa puerta tiene que ceder.

Después de un largo rato, de golpes y patadas, de gritos y rugidos, surge una idea: el arma ha estado siempre ahí, sosteniendo el lavatorio. Uno de los parantes de metal está, hace tiempo, fuera de su sitio, Elsbeth lo toma en sus manos y lo envuelve en una toalla. Parada frente a la puerta contempla la magnitud de la misión que le toca afrontar.
Uno tras otro los golpes comienzan a abrir un agujero en la puerta. La perilla sale volando, definitivamente ya no sirve, pero el agujero aún es muy pequeño. Mientras sigue golpeando, a un ritmo constante y monótono, alimentado por la ira, Elsbeth rememora en su cabeza desquiciada aquella película, “sueños de fuga”, no importa cuánto tenga que golpear la puerta, en algún momento tendrá que salir. Pero el esfuerzo es demasiado y la ira no me deja respirar, luego de un momento me encuentro jadeando, sentada sobre el inodoro, con el arma caliente aun en mis manos, esto es imposible, no vamos a poder salir.

Todo parece indicar que sí, que esta vez Candice tiene razón, realmente nos quedaremos acá, encerradas en este diminuto baño sabe Dios hasta cuándo. No, no me resigno al encierro, tengo que salir. Las lágrimas ya no solo bañan la desesperación de Candice, sino también la impotencia iracunda de Elsbeth que toma un pequeño balde de pintura y se sube en él para gritar a alguien, desde la ventana del baño que da a la calle, quien pueda ayudarla a salir. La lucha entre ambas hermanas continúa, mientras una amenaza con resignarse al encierro la otra lucha por encontrar una salida.

En medio de este trance, si yo nos encerré, tal vez solo yo pueda liberarnos