jueves, 16 de septiembre de 2010

todos tenemos motivos para amar el pollo

Quedé en almorzar con un buen amigo una tarde, él me hizo esperarlo una hora. Esperar es un tiempo muerto que se convierte en un tiempo zombi, un undeth. Los zombis pueden parecer bastante lentos y poco convincentes pero he comprobado hace poco que pueden ser también feroces, brutales e increíblemente veloces cuando de alcanzar su comida se refiere. Por monses o realmente feroces, puedo decir que preferiría mantenerme alejada de los zombis, o sea del tiempo muerto. En pocas palabras, no me gusta esperar, pero tampoco voy a pelearme con mi buen amigo, lo que hago es pasarle el zombi a él.

Durante la hora que lo espere, resguardada del sol bajo la sombra de un generoso árbol pensaba en que mi buen amigo, que además es vegetariano, me llevaría a algún lugar en el que, de ninguna forma podría comer carne, “como castigo tendría él que comer carne”, pensaba justo antes que se apareciera por la pequeña plaza recién recuperada. No lo obligué a comer carne, eso seria una crueldad de mi parte, en vez de eso le dedico, con mucho cariño, este sangriento recuerdo, en nombre del zombi que nació el día en que me hizo esperar.

*

De pequeña, mi madre nos mandaba, a mi hermano y a mi, al mercado a comprar pollo, “un pollo entero que pese kilo y medio”, era el mandato antes de salir por la pequeña puerta que daba a la calle, lo único que se abría del enorme y desvencijado portón que separaba el jardín y su pequeño bosque de plátanos manzanos sobrealimentados y la calle, un mundo de polvo que levantaban los autos al pasar sobre la arena muerta.

Era para nosotros toda una aventura cuando nos enviaban a estas misiones, ya que debíamos caminar siempre un buen tramo que nos inspiraba imaginarios parajes que se convertían en los escenarios de mil y un aventuras.

En el mercado, la señora del pollo nos esperaba como cada sábado entre las diez y las once de la mañana. Al llegar ella tenia separado el pollo que nos llevaríamos, entonces, el rito de sangre y muerte se iniciaba.

El pollo, separado de los demás por un par de jabas que lo obligaban a permanecer quieto, movía la cabeza y los ojos en todas direcciones, en presentimiento de su destino final. Mientras la señora nos llevaba al interior del puesto, sentíamos el colchón de plumas ensangrentadas bajo nuestros pies. Al fondo, al costado del corral, el lugar del sacrificio, esa especie de embudo, cuyo extremo más angosto dejaba expuesta y vulnerable la garganta del pollo, que daba de patadas contra la pared, dibujando surcos sobre la sangre seca de infinidad de otros pollos.

El momento de consumación del sacrificio era al mismo tiempo aterrador y fascinante. Sin ningún titubeo ni ablandamiento frente a los ojos fijos del pollo, la mujer pasaba su cuchillo con destreza de cirujano por su garganta mientras él se retorcía dentro del embudo, empujando con las patas, desesperado al sentir la sangre drenarse por su yugular cortada, llevándose su vida. Poco a poco el pollo se iba desangrando, poco a poco sus esfuerzos eran más débiles, poco a poco su expresión se volvía más extenuada, con el pico abierto, la lengua colgando y los ojos entreabiertos mientras las ultimas gotas de sangre caían sobre la olla donde burbujeaban litros de sangre fresca.

Cogiéndolo de las patas la mujer lo llevaba hacia una olla con agua hirviendo donde el cuerpo inerte del pollo era sumergido una y otra vez, hasta que con un movimiento rápido y preciso el cuerpo era golpeado sobre el mostrador de mayólica donde la señora desplumaba al pollo muerto y donde estaban también algunas partes de otros pollo sacrificados, un pecho con las vísceras aún dentro, algunas piernas, brazuelos, una bandeja con corazones, hígados, mollejas y patas y un tazón con sangre fresca aún burbujeante del pollo que acababa de matar y estaba desplumando, dándole de palmazos, “para no sentir el caliente”, decía a veces la señora; “para que las plumas salgan más rápido” decía otras.

Al principio nosotros sólo presenciábamos el rito, recuerdo la excitación que me producía cada sábado la idea de presenciarlo y, un día descubrí el deseo escondido de participar de él e incluso propiciarlo yo misma.

En poco tiempo nos convertimos en diligentes ayudantes, pelábamos los pollos sobre el mostrador, con una técnica casi tan perfecta como la de nuestra maestra, en medio de una morbosa fascinación, golpeando el cuerpo inerte del pollo, no para despistar el calor ni para hacer más fácil la labor, sino porque se sentía rico o sonaba rico. Disfrutábamos del momento parados sobre la alfombra infinita de plumas.

Sin embargo nunca fuimos más allá en el rito, nunca sumergimos el cuerpo inerte del pollo en el agua hirviendo, nunca lo colocamos en el embudo, y claro, jamás deslizamos el cuchillo sobre su garganta para provocar su muerte, solo regresábamos a casa, con las manos impregnadas del olor del pollo, con alguna pluma rojiza sobre la ropa, con una sonrisa en el rostro pensando en los deliciosos guisos que nos prepararía mi madre en casa a nuestra llegada.


http://www.jrmora.com/blog/2009/01/28/demencia-dibujil-remata-al-pollo/


No hay comentarios: