domingo, 27 de febrero de 2011

Dicen que el primer paso para superar un problema es reconocer que se tiene un problema pero, qué pasa cuando, aunque reconocido esté, el camino hacia la total superación del mismo se encuentra entrampado, qué pasa cuando, peor aún, es uno mismo el que se pone las trabas para alcanzar la completa superación, finalmente, qué pasa cuando ese “uno mismo” es en realidad uno que no resulta ser uno mismo sino una extraña versión perversa de uno mismo. Iba pensando en el taxi camino a casa, pegada a la ventana sin mirar realmente nada en especial y dándome cuenta de que, justo ahora, hace unas pocas horas se cumplió una semana desde el último cuadro.

Ya no importa porque ese cuadro ya pasó y ni siquiera hay un recuerdo nítido de él, nunca lo hubo, entonces, cuál es la prueba de que realmente existió. Los intentos por echar arena sobre ese pedazo de mierda que constituye aquel cuadro se repiten una y otra vez, cada estrategia pensada y repensada, pero no, siempre asoma un pedazo, o escapa un hilo del olor nauseabundo de la mierda, ese cuadro tomará su tiempo en ser enterrado, y aún bajo la arena, los líquidos de su putrefacción emanarán porque viene cargado, fermentado durante semanas de aguante y estreñimiento. La panza hinchada y el animo fétido de amargura.

Así el cuadro se repite, ya no la misma imagen, pero el cuadro permanece reproduciendo su hediondez a lo largo de días, semanas, meses, años, el infinito marcado por su estigma, “el cuadro”. Para cuando logré meditar claramente sobre el asunto, el cuadro ya estaba bañado en un charco de heces líquidas, una hemorragia anal cuya primera consecuencia fue dejar el cuerpo drenado de espanto.